Por Roberto Darrigrandi, socio en ALTADIRECCION Capital Latam.
El año 2026 se abre con un escenario financiero internacional que combina valorizaciones exigentes, expectativas de crecimiento aún sólidas y una percepción de riesgo contenida.
Para los inversionistas institucionales, este punto de partida no es trivial, ya que los mercados no están baratos, pero tampoco descuentan un escenario de estrés significativo. Más bien, lo que parece estar en juego es una apuesta por utilidades corporativas resilientes, disciplina monetaria y una desaceleración ordenada, más que un ajuste abrupto.
Desde una perspectiva estrictamente financiera, el mensaje de los mercados es claro. Las primas por riesgo siguen comprimidas, las probabilidades implícitas de una corrección severa se mantienen en rangos históricamente normales y el principal temor no es una crisis, sino perder exposición a retornos adicionales. En este contexto, 2026 se perfila como un año de retornos más moderados, mayor selectividad y creciente dispersión entre sectores, geografías y estructuras de capital.
En materia de financiamiento, por otro lado, 2026 será exigente. El crédito no será barato ni abundante por definición. La banca tradicional seguirá operando con mayor cautela, lo que refuerza el rol de alternativas como el private debt, los fondos de crédito, las estructuras híbridas y el acceso a financiamiento internacional. Para las empresas chilenas, especialmente medianas y grandes, la calidad del gobierno corporativo, la transparencia financiera y la capacidad de estructurar proyectos bancables serán factores decisivos para acceder a capital competitivo, ya sea en el mercado local como en el internacional.
Para Chile, este escenario global coincide con un cambio relevante en el frente interno. El próximo inicio del gobierno de José Antonio Kast ha reconfigurado las expectativas económicas, particularmente en lo que respecta a inversión, financiamiento y relación con el sector privado. Más allá del debate político, los mercados financieros reaccionan a señales concretas, tales como el compromiso con la estabilidad fiscal, respeto por las reglas del juego, menor incertidumbre regulatoria y una narrativa explícitamente favorable al crecimiento liderado por inversión privada.
En el eje Chile–Estados Unidos, en tanto, esto abre una ventana de oportunidad relevante. Estados Unidos seguirá siendo el principal polo de capital, innovación y financiamiento sofisticado a nivel global. Para Chile, el desafío es reposicionarse como un destino confiable para ese capital, tanto en inversión directa como en financiamiento estructurado. Sectores como energía, minería, infraestructura, y servicios basados en conocimiento pueden beneficiarse de esta convergencia, siempre que existan marcos claros y proyectos financieramente sólidos.
En síntesis, el escenario base para 2026 no es de exuberancia ni de crisis, sino de normalización financiera. Para Chile, y en particular para su vínculo con Estados Unidos, el desafío es convertir el cambio de expectativas en flujos reales de inversión y financiamiento. El capital global observa con atención. La oportunidad existe, pero su materialización dependerá de coherencia macroeconómica, disciplina fiscal y una agenda pro-inversión sostenida en el tiempo.
Roberto Darrigrandi es economista, académico y socio de ALTADIRECCION CAPITAL LATAM. Puedes contactarlo directamente en: roberto.darrigrandi@





