Por Roberto Darrigrandi, socio en ALTADIRECCION Capital Latam.

El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán no es un episodio más de volatilidad geopolítica. Es un shock estructural que está reconfigurando el precio del riesgo global. Y el mercado ya reaccionó: el petróleo ha vuelto a tensionarse sobre niveles críticos, los spreads de crédito han comenzado a ampliarse y las expectativas de tasas “más altas por más tiempo” vuelven a instalarse en Estados Unidos.

En un mundo BANI (frágil, ansioso, no lineal e incomprensible) el capital dejó de buscar solo retorno. Hoy busca protección frente a escenarios extremos, lo que tiene tres implicancias financieras inmediatas.

Primero, el costo de capital está subiendo. El treasury a 10 años en EE.UU. sigue en niveles elevados (≈4,4%), y el crédito corporativo, especialmente en mercados emergentes, ya incorpora primas adicionales por riesgo geopolítico y energético.

Segundo, la volatilidad del petróleo funciona como un impuesto global. No solo impacta inflación y márgenes -particularmente en industrias intensivas como la aviación-, sino que introduce una incertidumbre estructural en la inversión.

Tercero, hay un cambio profundo en la asignación de capital, ya que los flujos migran hacia activos y geografías que combinan seguridad estratégica, estabilidad institucional y relevancia energética.

Y es aquí donde el eje Chile–Estados Unidos entra en una nueva fase.

Estados Unidos necesita asegurar suministro de minerales críticos, diversificar su matriz energética y reducir exposición geopolítica. Chile concentra ventajas difíciles de replicar: cobre, litio, energías renovables y tratados que lo conectan con el mundo desarrollado.

Pero hay una advertencia: las ventajas naturales ya no son suficientes.

El capital que hoy se mueve, fondos soberanos, private credit, infraestructura, exige tres condiciones: estructuras financieras sofisticadas; certeza regulatoria efectiva y gobernanza creíble. De lo contrario, ese capital no llega, o llega más caro.

El alza del petróleo, paradójicamente, refuerza la oportunidad. Mientras encarece el corto plazo, acelera la transición energética. Esto eleva el atractivo de proyectos en energías limpias, hidrógeno verde y minería estratégica en Chile, pero también eleva la exigencia.

Para empresas e inversionistas, el cambio es profundo. El riesgo dejó de ser solo financiero. Hoy es sistémico, y exige evaluar decisiones por su desempeño en escenarios de estrés.

La conclusión es clara, el nuevo ciclo no premia a los más eficientes, sino a los más resilientes, y el eje Chile–EE.UU. tiene una oportunidad histórica. Pero no es automática. Es una oportunidad que se gana -o se pierde- en la calidad de las decisiones que se tomen hoy. Y en este ámbito, el rol de plataformas como la Chile-US Chamber of Commerce resulta clave para reducir fricciones, facilitar el diálogo público-privado y fortalecer la confianza entre ambos mercados.

Roberto Darrigrandi es economista, académico y socio de ALTADIRECCION CAPITAL LATAM. Puedes contactarlo directamente en: roberto.darrigrandi@altadireccion.com.