La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos reactivó el debate sobre el futuro de la industria petrolera venezolana, pero los mercados no anticipan un impacto relevante en los precios internacionales del crudo. Analistas coinciden en que el mercado global ya enfrenta una situación de sobreoferta, lo que limita cualquier efecto estructural derivado de Venezuela.

Actualmente, el Brent se mueve en torno a US$61 por barril y el WTI cerca de US$58, niveles similares a los previos al evento geopolítico. Esto refleja que Venezuela representa menos del 1% de la oferta global, tras años de caída productiva, sanciones y deterioro de infraestructura. Aunque en 2024 el país produjo cerca de 960.000 barriles diarios, sigue muy lejos de sus máximos históricos.

Los bancos de inversión proyectan recuperaciones graduales y limitadas. En el mejor escenario, la producción podría aumentar entre 300.000 y 500.000 barriles diarios en el corto plazo, y hasta 1 millón adicional hacia el final de la década, siempre que haya estabilidad política e inversiones significativas. Sin embargo, los riesgos operativos y la necesidad de grandes montos de capital hacen improbable un repunte rápido.

Un eventual retorno del crudo pesado venezolano podría beneficiar a refinerías estadounidenses, especialmente a empresas como Chevron y ExxonMobil, al ampliar los diferenciales de precios. Aun así, los analistas advierten que la sobreoferta global seguirá presionando los precios, con proyecciones mayoritariamente bajistas para 2026.

En síntesis, aunque el hecho tiene alto impacto político, no mueve la aguja del mercado energético. La combinación de exceso de oferta global, capacidad productiva limitada en Venezuela y años de inversión pendientes mantiene acotado cualquier efecto sobre el precio del petróleo.

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