La industria vitivinícola chilena enfrenta uno de sus escenarios más complejos en décadas. Las exportaciones de vino totalizaron 692,1 millones de litros y US$1.524,9 millones FOB en 2025, una caída de 26,4% en volumen y 24,2% en valor respecto del peak de 2017, cuando los envíos alcanzaron los 940,2 millones de litros y US$2.012 millones. El primer trimestre de 2026 no aportó señales de recuperación: los embarques sumaron 158,6 millones de litros, frente a los 168,7 millones del mismo período del año anterior. El trasfondo es global: una encuesta de Gallup de 2025 mostró que solo el 50% de los adultos jóvenes en Estados Unidos consume alcohol, frente al 59% de 2023.
Las viñas chilenas han respondido de manera heterogénea. Según Emol, Viña Concha y Toro lanzó bajo la marca Casillero del Diablo productos con bajo o nulo contenido alcohólico, y Viña Santa Rita reportó un crecimiento de 68% en sus líneas desalcoholizadas desde su introducción. En el polo opuesto, Mario Pablo Silva, director general de Viña Casa Silva y presidente del Consorcio I+D Vinos de Chile, fue directo: «El vino sin alcohol pierde gran parte de las características del vino, es otro producto. Será un nicho pequeño y determinado, pero no reemplazará el consumo de vinos de alta calidad». El debate refleja la tensión entre adaptarse a hábitos de consumo emergentes y preservar la identidad del vino chileno como producto exportador de alta gama.
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